Columnistas
Beijing, modernidad ininteligible
por Juan Carlos Vázquez
La ciudad olímpica me recibió con una espesa nata gris y un dejo de modernidad con un aeropuerto espectacular y un luego un largo camino hasta las entradas de la ciudad olímpica.
El trayecto mostró una China comunista al pasar por los suburbios con calles sin pavimentar, ciudades perdidas ocultas detrás de grandes letreros que anuncian los juegos y mucha gente en bicicleta con camiones del tipo foráneo.
A un kilómetro de llegar a la ciudad, esta se erigió portentosa llena de luces, con una cantidad inmensa de grandes edificios de apartamentos, que superan por mucho a los de oficinas, aunque estos mucho mas modernos que los primeros.
Las grúas de construcción disminuyeron de manera considerable ante la llegada de más de 70 mil invitados para la magna celebración olímpica.
Una vez adentrado en materia de tráfico, nos percatamos de que la Ciudad de México no tiene nada que ver con Beijing. El parque vehicular reducido a la mitad de los 3 millones de autos que circulan a diario no es suficiente para evitar terribles congestionamientos. Pero si te desesperas en el taxi y decides bajarte a caminar, la situación puede resultar catastrófica.
Tendrás que caminar con una humedad cercana al 90% que hacen imposible respirar. Una asfixia lenta, como respirar agua, y si a esa mezcla le agregamos calor, nos percatamos de que es inútil tratar de dar un favorito en cualquier competencia al aire libre bajo estas condiciones climáticas.
Una vez que he cometido el error de desesperarme y bajarme del taxi, decido evitar la caminata y me meto al metro, que me recibe con las puertas abiertas, y con ese carácter’istico olor amargo y rancio del ser humano.
Empujones y entrada a fuerza al vagón al más puro estilo de Pino Suárez en hora pico, con la pequeña diferencia de que las estaciones están en chino!!! y no en inglés.
Entonces decido bajarme en la siguiente estación y subirme a otro taxi, pero mi sorpresa es mayúscula cuando finalmente consigo uno, en medio del carril destinado para las bicicletas y me siento c’omodamente otra vez en su interior, huyendo del calor y entregándome a los placeres del aire acondicionado y el taxista emitiendo sonidos ininteligibles para mi.
Mi cara cambió por completo cuando pensé. ¿Y ahora? ¿Cómo demonios le explico a donde quiero llegar?
Efectivamente, los chinos en su gran mayoría no habla más que un idioma. Su amabilidad se ha hecho patente pero sirve de poco si no pueden entenderte terminar por desesperar a los extranjeros quienes terminar por jalarse los cabellos, morderse las manos o de plano, escoger otro chino para preguntarle ¿dónde está el estadio olímpico?
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