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Antonio Rosique
Somos Guerreros Como muchos mexicanos, crecí viendo las funciones de boxeo del sábado por la noche en la televisión abierta. Pasé mis primeros años admirando a grandes campeones del mundo como Julio César Chávez, José Luís Ramírez, Daniel Zaragoza, Ricardo López, Humberto "Chiquita" González, y escuchando historias sobre victorias inolvidables como la de Salvador Sánchez sobre Wilfredo Gómez; peleas épicas como las de Rubén Olivares y Chucho Castillo; y dolorosos nocauts como el de Carlos Monzón a José Ángel "Mantequilla" Nápoles y el de Tommy Hearns sobre "Pipino" Cuevas. Y cuando tienes ídolos, es natural que existan también antagonistas, y en aquellos años yo detestaba al "Macho" Camacho, a Michael Carvajal, a Pernell Whitaker, y a todos los japoneses a los que había que noquear para sacarles al menos el empate cuando se combatía en Asia. Impulsado por ese deseo primigenio de ver a dos hombres enfrentarse a golpes, conocí la Arena México una noche en que la "Chiquita" González golpeó dramáticamente a Francisco "Araña" Tejedor, hasta que el colombiano se desmayó en su esquina; fui varias veces a la Plaza México para ver a Ricardo López sufrir ante el nicaragüense Rosendo Álvarez, y a Miguel Ángel González aguantarle de pie doce rounds a Julio César Chávez; y estuve presente aquella inmemorial tarde en que Julio llenó el Estadio Azteca para darle una tunda al inglesito Greg Haugen. Luego no sé que pasó y poco a poco me fui alejando de los cuadriláteros. Será que vino la decadencia de Chávez y el monopolio de las funciones de pago por evento; se retiró Ricardo López y el boxeo desapareció de la televisión gratuita los sábados por la noche. Aparecieron los "tangos" de Jorge Kawaghi, los campeones efímeros, y si acaso, veía de vez en cuando alguna de las peleas de Marco Antonio Barrera y Erick "Terrible" Morales. Sin embargo, algo tiene el boxeo que nos fascina a los mexicanos; algo tiene este desgarrador deporte que nos vincula a todos, nos conecta con el pasado, con nuestros ancestros, con la tradición oral, con aquellos tiempos en que alguien, nuestro padre, nuestro abuelo, nuestro hermano, se sentaba con nosotros a ver la función sabatina y nos contaba, con voz mágica, sobre los campeones de antaño y las grandes noches de boxeo que le tocó ver. El sábado pasado en Las Vegas, volví a sentir lo mismo al ver a Antonio Margarito noquear descarnadamente al puertorriqueño Miguel Cotto. Volví a creer, al menos durante esos once rounds, en la abrumadora verdad del pugilismo; en ese animal furioso que trae adentro el ser humano cuando tiene que luchar por su supervivencia, cuando quiere cambiar su destino. Esa noche recordé a los boxeadores que llenaron de hazañas mi infancia, y mientras veía a Tony Margarito luchar como si la vida no le hubiera dejado otra opción, los veía también a ellos, a Julio César, a Sal Sánchez, a "Pipino" y a Olivares. Porque me gusta pensar que Tony no estuvo solo sobre el cuadrilátero, el sábado le acompañó la gloriosa historia del boxeo mexicano, ese deporte en el que nunca nos rendimos, en el que nunca renunciamos; ahí estuvieron nuestros mitos, ahí rondaron nuestros muertos; nuestros guerreros de bronce, nuestros caballeros Águila; los herederos de una gran estirpe de estilistas que nunca capitulan. ¿Cuánto dolor puedes soportar tú, gladiador mexicano, y seguir yendo hacia delante? ¿Cuánta sangre puedes derramar y seguir en busca de la gloria? ¿Cuánto golpes eres capaz de lanzar antes de rendirte? ¿Cuánto estas dispuesto a sufrir tú, gladiador mexicano, con tal de cambiar tu destino, con tal de honrar a tus héroes, con tal de engrandecer nuestra historia? Por eso, inténtalo otra vez, Tony, porque perteneces a una raza de guerreros. Avanza, golpea, resiste, soporta, porque te abriga una tradición de gloria, porque llevamos la misma sangre, anhelamos la misma ambición, y estaremos contigo, te seguiremos, hasta donde tu poderoso corazón te lleve. |