Por Enrique Garay
Primero las memorias…
Soy de la generación que encontró la NFL en los setentas, por tanto los duelos Terry Bradshaw contra Roger Staubach son capítulos imborrables para mí, pese a ser ajeno a la pasión por alguno de los dos. Obviamente viví aquellos dos Super Bowls, el X de 1976 y el XIII del 79. Partidos sensacionales que fueron instrumentos esenciales en mi instrucción a este deporte.
Del SB X recuerdo poco. Guardo con claridad guardo la escena de Lynn Swann, volando al menos metro y medio sobre el césped, completamente horizontal y casi en paralelo al defensivo Mark Washington de Dallas, ambos en lucha desesperada por una pelota que Swann tocó dos veces en el aire hasta finalmente verla caer en sus manos cuando ya había hecho contacto con el campo. Increíble.
Del SB XIII hubo demasiado y guardo casi todo. Es difícil pensar en uno más emocionante a pesar de los treinta años que se van a cumplir de su realización.
Siempre que se habla de se juego se comentan sus jugadas decisivas, como el pase de touchdown que no pudo atrapar el ala cerrada Jackie Smith de Dallas, los bombazos de touchdown de Bradshaw a John Stallworth, por ejemplo. Pero recuerdo muy bien jugadas menores que también tuvieron gran significado.
Un balón que Thomas Henderson arrebató a Terry Bradshaw en una captura, en el primer cuarto, y se lo llevó para touchdown. Una inteligente patada de salida de Pittsburgh, rasa, que cayó accidentalmente en manos del tacle defensivo Randy White quien al intentar devolverla terminó perdiendo la pelota y preparando la escena del touchdown de Franco Harris. Al heroico Rocky Blier, fullback número 20 de Pittsburgh, atrapando con las uñas, al límite y casi a punto de pisar fuera la zona de touchdown, un pase de anotación sobre cobertura del linebacker D,D, Lewis.
Dos capítulos de oro para la NFL ambos ganados por los Acereros, 21 a 17 el primero y 35 a 31 el segundo. De ahí nació la que para México es la rivalidad más valiosa en el futbol americano profesional.
En el Super Bowl XXX se volvieron a encontrar, con aquellos brillantes Vaqueros de Dallas de Troy Aikman que en mi opinión superaban la ofensiva de Roger Staubach en los setentas. Fue un partido emotivo porque a Pittsburgh lo cargaba su defensiva, como siempre, ejemplar. Eran los Acereros de Rod Woodson, Chad Brown, Levon Kirkland, Kevin Greene, Greg Lloyd, un equipazo, que peleó y perdió dignamente 27 a 17.
Tal vez el momento más intenso fue cuando los dirigidos por Bill Cowher acababan de patear un gol de campo que los acercaba a diez puntos, y en lugar de patear de salida normal decidieron hacerlo corto y recuperaron la pelota que dio pie a un touchdown, con lo que el marcador se puso 20 a 17.
Desde los setentas México adoptó a ambos. Casi a un perfecto cincuenta por ciento. Todas las demás aficiones se pueden sumar y juntas no igualarán estas.
El juego del domingo es definitivo. Pittsburgh ve por el retrovisor, claramente, a Baltimore que marcha con sólo una victoria menos en su división y aprovecharía una caída para igualarlos. De Dallas, ni qué decir, una caída podría alejarlos definitivamente de la aspiración de un puesto en playoffs como segundo lugar, que es a lo único que aspiran.
La salud del corredor Marion Barber y el linebacker De Marcus Ware, ambos Vaqueros, es clave. Ambos salieron lesionados el jueves de la semana pasada y no han entrenado plenamente. Pero van y deben jugar. Este partido lo obliga.
Gócelo, debe ser otro clásico. Y si nos ponemos a soñar un poco, bien podría ser un adelanto del Super Bowl XLIII, por qué no.

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