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El mundial ganado por Mussolini | Historias Mundialistas

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El dictador hizo todo lo posible para que Italia se coronara en su propio mundial, con el propósito de dar a conocer su ideología fascista

Ciudad de México. Jamás fue a un partido y ni siquiera le gustaba el futbol, pero gracias a que el mundial de Uruguay causó mucho furor e importancia, Benito Mussolini quería a toda costa que Italia fuera la sede de la siguiente edición en 1934. Esa obsesión se debía a que ‘Il Duce’ sabía que era el marco ideal para dar a conocer su ideología política y demostrar al mundo la supremacía fascista.

Durante el Congreso de Berlín de la FIFA de 1931 los únicos países que presentaron su candidatura fueron España y Hungría, pero al establecerse las normas y reglas para la Copa del Mundo ambas naciones retiraron sus propuestas. Suecia e Italia tomaron partido y anunciaron ante el máximo organismo futbolístico que buscarían la sede del mundial, pero misteriosamente los escandinavos se retiraron de la pelea al recibir amenazas y presión política por parte de los hombres de Mussolini, además el comité organizador de la Copa estaba dirigido por Achille Starace, secretario general del Partido Fascista.

Una vez asegurado el torneo, Mussolini habló claro con el General Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Futbol, y le pidió solo una cosa: “No sé cómo le hará, pero Italia debe ganar el campeonato”. Giorgio, ingenuo, contestó: “Se hará lo posible, señor” y la respuesta del Duque fue contundente: “No me ha comprendido bien, Italia debe ganar el Mundial, es una orden”.

Poco antes del inicio del torneo Mussolini no perdió el tiempo para motivar a sus jugadores y les envió un telegrama a la concentración para desearles lo mejor. El mensaje decía: “Vittoria o la morte”. Con ese aliciente los futbolistas italianos encararon el torneo donde literalmente darían su vida para ser campeones.

Arrancó entonces el campeonato mundial de Italia 1938 y la ‘azzurra’ no tuvo mayores inconvenientes para avanzar en cada ronda. Venció 7-1 a Estados Unidos en la eliminatoria preliminar; despachó en cuartos a España, en un duelo que tuvo que repetirse por el empate a un gol, aunque no se salvó de la polémica como recordó Pedro Escartín, exárbitro, futbolista y periodista español: “Fue el partido más politizado y anormal. A España lo limpiaron con dos arbitrajes a favor de Italia, la de Mussolini. Tenía que ser así porque económicamente hubiera sido un fracaso para él”. Finalmente, los locales ganaron por marcador global de 2-1 y en semifinales enfrentaron a Austria, la favorita para llevarse el torneo, pero nuevamente las ayudas se hicieron presentes.

La noche anterior al juego ‘Il Duce’ invitó a cenar al árbitro para discutir sobre el partido. Los italianos ganaron 1-0 con un claro fuera de juego que el sueco no señaló debido al pánico escénico que tenía; tampoco fue señalado por el juez de línea. Josef Bican, delantero austriaco, sostuvo que el árbitro estaba del lado de los anfitriones: “Por nuestro entrenador, Hugo Meisl, sabíamos que el central estaba comprado y que iba a pitar a favor de ellos, incluso llegó a jugar para ellos. En una jugada -recuerda- pasé un balón a la banda derecha para mi compañero Zischek, corrió por él, pero el árbitro lo interceptó y se lo devolvió a los italianos. Fue una vergüenza”.

Con todas esas mañas, Italia se coló a la final donde enfrentó a Checoslovaquia. El estadio del Partido Nacional Fascista estaba lleno, alrededor de 50 mil espectadores llegaron para ver coronarse a su selección. Antes del encuentro sucedieron cosas muy extrañas, como la designación del árbitro sueco Eklind, quien había favorecido descaradamente a la ‘Nazionale’ en el partido contra Austria.

Por si fuera poco fue invitado al palco de honor para saludar a Mussolini. Cuando los jugadores checos se enteraron de esa situación se quedaron sorprendidos y moralmente se cayeron, sabían que no solo tendrían en su contra a la afición y al equipo italiano, también al árbitro: “El juez permaneció un buen rato en el palco, le dieron órdenes, le dijeron qué tenía que hacer”, expresó el portero checo, Frantisek Planicka.

El juego comenzó bajo la mirada atenta del ‘Duce’, los italianos estaban inquietos y se podía percibir su tensión. El mismo Planicka sabía que ellos estaban amenazados de muerte y se burlaba diciendo en voz baja a sus compañeros: “Ave César, los que van a morir te saludan”. Su nerviosismo se incrementó al recibir el primer gol. Al medio tiempo Mussolini mandó al vestidor a una persona para dejarle un recordatorio al técnico de la Nazionale: “Señor Vittorio Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Inmediatamente después, pálido y tembloroso, se dirigió a los jugadores y les ordenó: “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al rival. Si perdemos todos la pasaremos mal”.

Inició el segundo tiempo y el miedo se prolongó hasta los últimos minutos, cuando Raimundo Orsi convirtió el primer gol y ya en tiempo extra, Angelo Schiavio sentenció el encuentro y el título de la ‘Azzurra’. "Hico el gol con la energía de la desesperación”, expresó un liberado Schavio.

Tras la coronación, Mussolini mandó llamar a cada uno de los jugadores, les acarició la cabeza y entregó un premio de veinte mil liras. Al día siguiente ‘Il Duce’ les organizó una fiesta, los jugadores asistieron vestidos con uniforme militar y fueron reconocidos como Comendadores del Mérito Deportivo. Todos terminaron felices, ellos salvaron su vida y Mussolini incrementó su popularidad, convirtiendo su ideología en una religión.

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