Las horas se acercan
Posteado por Hector Vieyra Hernández, el 21 de julio de 2010 a las 07:46:50 hrs.
Las horas se acercan, y es la primera vez en muchos años (pero en verdad que muchos), que no tengo ni la menor noción de lo que ha ocurrido en contrataciones y demás cristalería que adorna los preámbulos de todo torneo. Sé que Vicente Sánchez se va al América, y seguro que hará un buen papel, pues de que es bueno, vaya que lo es. Pero me repatea el hígado. No él, aunque es verdad que me resulta antipático, sino la desagradable certeza de que a los equipos en general les importa una uña lo que a los aficionados nos impacta. ¿Piensan acaso que ya olvidamos que Vicente Sánchez fue el enemigo público número dos (el uno es otro) de las Águilas?, ¿se les olvida que el Toluca es el equipo que más desventuras nos ha hecho vivir a los americanistas?
No existe lealtad de ninguna clase. No nos dejan identificarnos con ningún futbolista y eso es un error terrible. En las tragedias (griegas, desde luego), uno se identifica necesariamente con los personajes porque son hombres simples enfrentados contra la naturaleza, contra los dioses, o contra otros hombres. Pero inevitablemente los héroes regresan a su tierra, con su gente, buscando tablas, como dijeran los taurinos. Con el hocico sangrando, como el caballo blanco, pero retornan a la querencia. Pero el futbol mexicano ni siquiera tiene eso: Cuauhtémoc Blanco, en un acto de vacaciones anticipadas o de jubilación prepagada, va a terminar sus días jugando en el Irapuato, en la Primera A, cuando en el América ha dejado un vacío de poder que ya no se llenará jamás.
Y ahora Vicente Sánchez, tan diablo como el mismísimo Cardozo, regresa al América para conformar, junto con Vuosso, la delantera más ausente de identidad de cuantas existan en la liga. Que vayan a meter 10, 20 ó 30 goles entre ambos, es lo menos importante. Habemos algunos aficionados que encontramos cosas todavía más importantes que ganar.
Así que la identidad importa menos. En estas épocas de un mundial fallido, esa identidad/amor a la camiseta/fidelidad son abstracciones hechas para hacerle creer a los niños y a las mujeres inocentes y poco enteradas que el futbol mexicano promueve valores y lealtades. Pero en el ejercicio diario, sabemos que hoy estamos más lejos que nunca de tener a un Barcelona en nuestra liga.
Hay cosas válidas, claro. Como que Humberto Suazo regrese porque prometió que lo haría (todos sabemos que regresa por dinero y porque en España no le fue nada bien, pero bueno… tampoco nos pongamos tan exigentes con los futbolistas) pero el resto de los movimientos en la Liga (ya me he puesto, en el tiempo que dura esta columna, a investigar qué más se movió en el mercado) son lo mismo. Lo mismo. Maldita abstinencia de ideas y de sorpresas.
No hay un solo motivo que nos fuerce a pensar que viviremos un torneo memorable. Ni siquiera el estadio de las Chivas, más aplazado que la próxima venida del cometa Halley. Ni el Conejo Pérez en Necaxa. Ni nada que se le parezca. Será un torneo con su superlíder y su decepción.
Con su liguilla emocionante y su campeón cuestionado por los de siempre. Con su goleador y sus arbitrajes. Ya lo sabemos. El guión es el mismo, sólo con ciertas actualizaciones. Pero no seamos optimistas ingenuos.
Sin embargo ahí estaremos. Las horas se acercan. Ni me trueno los dedos, ni miro a la ventana con gesto de angustia. Pero ahí estaré. Igual que tú. Porque es una pasión. Un pecado capital. Una necesidad. Una angustia. Una legítima defensa de nuestro tiempo libre. Nuestro futbol tan mediocre, pero nuestro.
Tal vez sólo por morbo veamos la MLS, esperando ver a Nery Castillo. Pero sólo por morbo. Nos interesa nuestra casa. Aunque se caiga a pedazos.
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